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Identidad y memoria en el Centro Histórico del Cerro

Por Glenda Pérez Fernández

 ¡Ay, mi barco marinero,
con su casco de papel!
¡Ay, mi barco negro y blanco
sin timonel!

Vuelve La impronta africana en la cultura cubana, vuelve para ser protagonista de los andares que como cada año moviliza a un número considerable de público, participante de este proyecto que se consolida con el paso del tiempo: Rutas y Andares para descubrir en familia. La propuesta, el Centro Histórico del Cerro, un espacio donde confluyen la historia y la cultura, donde a pesar de los cambios impuestos por la mano del hombre, se sigue apostando por el rescate de la memoria nacional.

No eran las diez de la mañana y ya los andantes colmaban los alrededores de la popular esquina de Cuatro Caminos, que a su vez nombra el gran mercado en restauración, y que sería luego la primera parada del recorrido. La bienvenida siempre calurosa, a cargo de Alberto Granado, director de la Casa de África, abrió una mañana, cargada de ese sentimiento identitario, que llenó a más de uno de los que allí participaron. Comenzó, entonces, el andar bajo la conducción del Arquitecto José Mosquera, quien introdujo la historia del emblemático Mercado de Cuatro Caminos y guió los pasos, junto a la agrupación Rumba Morena, entre cemento, polvo y constructores que no detuvieron la obra ante nuestra presencia.

Impactante fue, encontrar entre escombros, la figura de un elegguá, aparecido en los procesos de excavación realizados. Un elegguá que, sin lugar a dudas, confirma la presencia de la cultura africana en esta zona y que reafirma, por su creciente popularidad, el arraigo de los cubanos a las religiones con igual origen.

Continuamos guiados por la historia, entre portales de la calle Matadero hasta Monte y Estévez, donde fue la segunda parada. Allí, Carlos Bartolomé, historiador del Cerro, hizo la presentación del Barrio El Pilar, llamado así por tener en su seño a nuestra señora del Pilar, virgen patrona de la Parroquia, fundada en 1816.

Hasta ese lugar llegaron los andantes, que se impresionaron al ver este escenario, a pesar de su estado de deterioro y donde además de la historia del sitio, se conoció acerca de las distintas personalidades que se establecieron en esta zona, como Olga, la tamalera, y Enrique Jorrín, a quien se le atribuye la creación del chachachá y del que conocimos por voz de uno de sus descendientes directos.

Para entonces ya sumábamos casi 200 personas y, como en procesión, avanzamos por la Calle Castillo hasta entrar al Barrio Atarés, que debe su nombre al Castillo, construido en tiempos del Capitán General Conde de Ricla, descendiente del aragonés Pedro Atarés. Otro punto importante fue el llamado parque del Tío Tom, que se erige como homenaje a Gonzalo Asencio, rey del Guaguancó; y la sede de la comparsa Marqueses de Atarés, desde donde salieron arrollando músicos y bailadores, con la masa participante y los pobladores del lugar.

La rumba, la comparsa en Pilar-Atarés, se respira en las calles. El folclore, todo ello, es parte intangible de ese patrimonio que define al Centro Histórico del Cerro; basta el sonido de los tambores para que, en segundos, aparezca la multitud; porque los tambores ya forman parte de todos ellos, desde los niños hasta los mayores de la casa. Y entonces, orgullosos de esa herencia, conservarán lo tradicional, para así seguir fomentando eso que llamamos: lo nacional.

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