Palabras del Dr. Eusebio Leal Spengler, en la ceremonia por el aniversario 498 de la fundación de San Cristóbal de La Habana

Buenos días a todos:
Me alegra conmemorar junto a ustedes esta vigilia diurna antes del 16 de noviembre, día en que conmemoramos y celebramos el aniversario 498 de la ciudad de La Habana.

Aquel pequeño campamento que se trasladó en sucesivas etapas del poblado de San Cristóbal al Puerto de Carenas y asumió aquí el nombre de Habana para siempre, se hizo una sola cosa, convirtiendo a esta ciudad que es hoy –la villa de ayer, el campamento y los poblados anteriores– en un hecho histórico y relevante digno de ser recordado, no solamente por lo que significó históricamente, o lo que significó en toda una época, en que se abrió al mundo, a partir de los viajes y el reconocimiento por parte de Europa de la existencia, más allá de las columnas de Hércules, de un otro mundo, como afirmó Cristóbal Colón cuando vio las aguas turbulentas de los grandes ríos continentales frente a las costas de la América, la tierra firme.

La Isla de Cuba tendría una importancia relevante en la historia de estos sucesos, luego de la ciudad primada de Baracoa y antes de las ciudades fundadas en la isla Española, hoy República Dominicana y Haití. Se conservaron estas para siempre, y en la posteridad, entre las primeras ciudades del continente en el tiempo moderno. Nunca podemos olvidar que toda modernidad pasa necesariamente por la existencia de otra y que grandes ciudades vio el conquistador al llegar al continente americano; las admiró con deslumbramiento en Tenochtitlán, en el Cuzco; de tal manera que nuestra historia es antigua y se funden en nuestra identidad una multitud de pueblos, identidades, que contribuyeron a formar la identidad cubana.

Sobre la huella del indio en nuestra tierra, recordada solamente en las toponimias y en los mapas, en el nombrar no pocas cosas, en la existencia de comunidades en el Oriente de Cuba, donde aún son evidentes los rasgos antropológicos de aquellos, nuestros padres extintos, hasta los que vinieron de las tierras españolas donde, al decir del poeta, se habían fundido o abrazado cien pueblos. Y del África toda, y de los que vinieron al decir de la gran y eximia y poeta habanera Dulce María Loynaz del país del Loto y todos los que llegaron de todas partes para estar bajo el árbol, que hoy llamaría el árbol de la vida, que es la ceiba poderosa, encontrada a la orilla del puerto que Sebastián de Ocampo, el navegante gallego, llamó Puerto de Carenas porque con sus naves rotas y desarboladas pudo curarlas como un betunero, quiere decir, con alquitrán que salía sobre las arenas de sus costas.

Y entonces, en este recinto, que este año aparece con su imagen del quinto centenario con la restitución de su espacio, menos unas pocas pulgadas, con la planta de la ceiba que al morir la que se sembró hace medio siglo y un poco más y que muere cuando toca el manto freático salino; cuando hemos plantado por una y segunda vez y la lluvia benevolente ha permitido que esté hoy con sus primeras ramas verdes, la identifico con el árbol de la vida, a cuya sombra debemos estar.

Y estamos hoy, escuchando el clamor de la campana del castillo que otrora defendió a la ciudad bajo la mirada inmóvil de La Giraldilla, fundida por Gerónimo Martín Pinzón, a imagen de aquella grande con figura de mujer que inexplicablemente llaman Giraldillo –problema de género– en Sevilla, cuando es mujer y hermosa, y también cuando están restaurados símbolos tan amados de la ciudad de La Habana, que debe ser el signo de su resurrección, el símbolo de los trabajos que hay que realizar para embellecer y enaltecer porque es imposible ignorar que, tanto como el pan, es importante la belleza. Y la belleza es una relación misteriosa entre los amadores y el ser amado. Para unos, es muy bella aquella ciudad en que nacieron; para nosotros es esta y si nos dieran como destino otra ciudad donde hacer nuestra labor, esa otra sería también la más bella.

Sin embargo, a esta altura de la vida, vemos todo con una mirada mucho más amplia y global. Mucho se ha trabajado para llegar a este día. Se ha trabajado luchando contra el ciclón que abochornó a La Habana, más que la dañó; la abochornó. Lanchó sobre su rostro las piedras, sus árboles, el Malecón sufrió un daño capital; lo sufrieron monumentos y esculturas y también lo sufrieron incontables compatriotas nuestros aquí y en las islas del Caribe y en tierras continentales costeñas.

No olvidemos que toda herida nos pertenece, que toda esperanza es también compartida y que el espíritu de solidaridad y de amistad antillano nos permite pensar hoy en la amada isla de Puerto Rico, en las Islas Vírgenes, en las Antillas del Caribe, en todas partes donde existieron daños y a los cuales Cuba, generosa como quiso Céspedes, extiende –no lo que le sobra–, sino comparte lo que tiene.

Estamos ante el monumento restaurado, donde aparece el viejo árbol muerto en el momento en que se levanta la columna de Cagigal, como se le llama en memoria a aquel gobernante, amigo y protector de Francisco de Miranda. Ante El Templete, monumento greco-romano levantado en nombre de la fidelidad en una América ya insurreccionada, desde México hasta los países y las tierras que regaba el río de La Plata, en este lugar donde el pintor Juan Bautista Vermay –fundador de nuestra Escuela de Bellas Artes, de San Alejandro, una de las más antiguas del Nuevo Mundo y más prestigiosas– realizó el espléndido trabajo de retratar los dos instantes fundamentales: el momento de la elección del primer alcalde, institución jurídica de gobierno local de Castilla en América sobre la impronta del municipio romano y el acto de celebrar la primera misa, quiere decir, la herencia de la civilización occidental y cristiana, judío-cristiana y judío-árabe, todo lo cual nos acompaña en un solo todo. Y también el acto de aquel día 25 de marzo de 1828, en el cual se abrió El Templete y aparecen los retratos de los personajes de La Habana, entre ellos, algunas de sus beldades más representativas y también el pintor rodeado de los artistas, que fundaron San Alejandro, y también, desde luego, las autoridades, el gobierno, y más allá de las rejas, el pueblo.

Ahora, con la voluntad de continuar nuestro trabajo dejamos inaugurado hoy el arco de O’reilly, la bella entrada a la ciudad más allá de la muralla de mar. En breve se levantará el arco de entrada de San Francisco, el cual es el de la Real Aduana. Hoy se están montando en el Castillo de La Real Fuerza, en homenaje a la Convención sobre el patrimonio subacuático suscrita por Cuba, todo aquello que procedente de los pecios que yacían bajo la mar en aguas de Cuba, están ahí expuestos como un patrimonio de la nación y como un legado de las relaciones comerciales entre La Habana y el mundo.

Poco antes se han inaugurado el bello museo del Palacio del Segundo Cabo y también el de la torre del primer Observatorio, en Belén. También en el día de hoy queda reabierto el Palacio de los Capitanes Generales, después de una larga y trabajosa restauración; queda abierto el Centro juvenil y el conjunto de viviendas en la manzana 148, quiere decir, la de la farmacia Sarrá. Hoy quedan muchas obras abiertas: el Centro del visitante, a la entrada y junto al arco de O’reilly donde los visitantes de todo el mundo podrán recibir en la nueva formulación de la Oficina del Historiador, como ente del estado para la preservación de su patrimonio y de su memoria histórica, toda la información necesaria bajo el nombre de su entidad que, además, une a las ciudades patrimoniales de Cuba en este mismo proyecto de divulgación para dar a conocer cultamente nuestra historia: San Cristóbal.

Ya se ha abierto, hace pocas semanas, el 10 de octubre, la cripta del Capitolio Nacional, y el 24 de febrero, fecha Patria, va a inaugurarse el Gran Salón de los Pasos Perdidos del Capitolio y generaciones de cubanos podrán asistir al magno espectáculo de una obra de restauración y de una página cimera de la historia republicana de Cuba, tanto en su arquitectura como en sus acontecimientos políticos.
Al mismo tiempo que se hace todo ese esfuerzo, el 28 de enero, a las ocho de la mañana, en vísperas de comenzar el año solemne del aniversario 150 del Diez de Octubre, se inaugurará el monumento a José Martí, obra de la gran escultora americana, amiga y amante de Martí y de Cuba, de Anna Vaughn Hyatt Huntington. Martí, delegado del Partido Revolucionario en tierras de Cuba, Mayor General del Ejército Libertador, en el acto sublime de caer luchando por su libertad.

Restituido El Templete y sus pinturas, estas pocas recordaciones de las cosas que se han hecho, quisiera ponerlas a los pies de los que han trabajado para hacerlo posible: arquitectos, inversionistas, obreros y trabajadores, jardineros, restauradores, museólogos, museógrafos, restauradores de pintura de caballete, los niños de la escuela que por generaciones nos han acompañado, cargando las pesadas mazas que una vez fundió para su ciudad aquel maestro orfebre que, en las Actas del Cabildo, aparece con el nombre de Juan Díaz y que en el año 1632 hizo estas, hasta hoy, las joyas más antiguas, los símbolos del poder de la ciudad, de sus fueros, de su condición hoy de capital de la nación cubana.

Para todas las ciudades históricas de Cuba, y cuando faltan unos pocos meses para conmemorar el quinto centenario de la fundación de la ciudad de La Habana, recuerdo a la ciudad de los maestros, de los intelectuales, de los libertadores, de los alfabetizadores, de los milicianos, de los cortadores de caña; los que han contribuido a levantar la ciudad bella, que no ha de morir en nuestras manos, si no ha de levantarse por encima del ciclón, de las proscripciones, de los cercos, de los bloqueos. Abriremos puertas, como la puerta de O’reilly. Expresamente no le he colocado las rejas que van abriéndola o cerrándola porque ha de permanecer como La Habana, abierta al mundo para siempre.

Muchas Gracias a todos.

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