Por Melanie Alcalá Linares
Cuando entré por primera vez, a la sala expositiva de la Casa Museo Oswaldo Guayasamín para visitar la exposición El eco de los anacoretas, del artista Juan Manuel Velázquez Fernández algo insólito me atrapó. El título prometía un grito, pero la sala ofrecía un silencio denso, de puerto abandonado. No se entiende bien, al principio, la relación entre ese nombre y lo que los ojos ven. Pero luego, uno comprende: estamos ante una exploración sumamente personal del artista, que utiliza el utilitario marítimo como vehículo para conectar al espectador con las emociones más hondas la tristeza, la soledad y el miedo. La sala se convierte entonces en un lugar de ensimismamiento. Si esta exposición viviera, tendría la respiración pausada de quien medita frente al mar y si uno cierra los ojos, escucha el sonido de las olas, por eso la comparación tan acertada con los anacoretas.

La pintura del artista Juan Manuel Velázquez Fernández trasciende el lienzo porque el creador ha vuelto la mirada hacia el utilitario costero cubano barcos, botes y guinches. El los ha rescatado de su deterioro para convertirlos en símbolos. Las formas que se repiten son siempre las de la herrumbre, la madera enmohecida, la red que ya no pesca. Hay tres piezas que unen con especial potencia la muestra. Una de ella es «Los estados del ser» compuesta por tres barcos colocados en forma de pilar sobre un barril de combustible. Esta pieza es una metáfora visual de la fragilidad del equilibrio que posee el trinomio alma, cuerpo y espíritu y de cómo las emociones mal reguladas pueden deteriorar estos elementos con mucha facilidad. También encontramos a «Redención» que muestra una nave en visible deterioro con un guinche viejo que la suspende en el medio de la nada. Aquí la pieza representa una lucha y un deseo por mantenerse a flote aun cuando las circunstancias y condiciones sean adversas. Por último «Vértigo de la fuga » que es un barco atrapado dentro de una red de pescar, junto a un montón de peces. Parece una ironía que quien debía cazar está preso en la misma trampa que los que siempre fueron presa.
Más allá de su forma, estos vestigios convertidos en arte hablan de desarraigo y del pulso constante de la emigración. En una isla como Cuba, el mar es siempre esa dualidad: el camino que conecta y el abismo que aísla. Por eso, El grito de los anacoretas es, en esencia, la bitácora de un naufragio, donde lo único que pudo salvarse, flotando sobre el olvido, fueron los recuerdos




