Fotos: Néstor Martí

“Se pudiera tomar cualquier espacio vacío y llamarlo un escenario desnudo.
Un ser camina por este espacio vacío mientras otro le observa, y esto es todo lo que se necesita para realizar un acto teatral…”
Peter Brook





Con las palabras que abren estas notas, así inicia El espacio vacío, el inmejorable tratado de arte y técnica teatral que el gran Peter Brook nos legara como propositivo “manual de uso” para repensar esos tránsitos que describen espacialidades en los comportamientos escénicos. Efectos de ese inequívoco abecedario que responsabiliza el acto de invención/escritura creativa que directores, coreógrafos, danzantes, actores, pudieran hacer sobre los modos más diversos de habitar la escena.
Experticia que nuestro festival de “danza callejera” lo tiene más que encarnado en las tres décadas que ahora celebramos. No sólo se trata de que el arte exponga de forma divertida las cosas que haya que aprender; las contradicciones entre aprender y divertirse tienen que quedar bien claras y ser acumuladas como hecho importante al transformar el aprendizaje en placer y el placer en aprendizaje. Aquí, el arte es cualidad responsable del hacer y, de hecho, de lo que ya se ha hecho. Y así, en todo lo hecho y en aquello aún por realizar, danzar en comunidad se comprende en múltiples formas, a través de prácticas distintas y en los más diversos escenarios.






Incluso, hoy cuando amenazas, recortes, vaivenes económicos y productivos sacuden en todo el mundo a la danza como práctica artística, como instancia de goce de cualquier cuerpo bailante o como polis perenne y danzante, el sentido comunitario de la danza, rebasa la atribuida finalidad social del baile, para viajar hacia los más desemejantes escenarios, y volverse veracidad multiplicada al anidar los sitios, lugares, zonas, áreas donde “lo escénico”, connota y evoca.
Habitar los espacios, promover la participación sin triviales jerarquías y perseguir, hasta el cansancio, el progreso abierto e inclusivo. Aquí, al centro de un escenario de corporalidades y danzas fragmentadas, sentipensar cómo nuestras narrativas propias (venidas de tiempos y saberes ancestrales) se articulan con el llamado “conocimiento reglado sobre danza”, nos hace coexistir en un mismo espacio-tiempo. Aquí, el baile es algo que se expresa, y no, a través de palabras, en cifras, en fórmulas, en procedimientos aprehendidos, al tiempo que se borran esos modos exactos, para que cada individuo pueda sentir su cuerpo partícipe de un objetivo común, implicándose directa o virtualmente en el proceso de creación y recepción en igualdad de condiciones, independientemente de su rol de hacedor u observador.
30 aniversario del “Festival Internacional de Danza en Paisajes Urbanos: Habana Vieja, Ciudad en Movimiento” y 20 años de su progenie menor, el “Festival Internacional de Videodanza DVDanza Habana, Movimiento y Ciudad”. Ambos encuentros, forjados gracias al empeño de la maestra Isabel Bustos (líder de Danza-Teatro Retazos), en este 2026 rebasaron las expectativas de sus organizadores. Una sumatoria y acompañamiento generado en Cuba y en varias latitudes del mundo, de Iberoamérica, Europa, Australia, traspasó lo imaginado ante tantos quiebres e inseguridades. Pero, ahí, siempre la danza en su paso breve y firme, efímero y prolongado, en abrazo y retención, sorprendiendo, tornándose imparable comunidad danzante.




La edición 30 se distingue por su carácter híbrido, con actividades presenciales en las habituales plazas, museos, centros culturales y calles de La Habana, su escenario original; pero al mismo tiempo, en casi todo el país, en Pinar del Río, Artemisa, Isla de la Juventud, Matanzas, Villa Clara, Cienfuegos, Sancti Spíritus, Ciego de Ávila, Camagüey, Holguín, Santiago de Cuba, Guantánamo. Igualmente, a través de una amplia participación virtual que amplificó el alcance del festival más allá de las fronteras físicas insulares. La danza se vivió tanto en el espacio público como en las pantallas, reafirmando su vocación de encuentro en comunidad y su capacidad de transformación sociocultural. Artistas de otros lares, siempre participantes del evento habanero, ante no poder llegar, desde sus contextos se sumaron a la iniciativa de felicitar y ensanchar la celebración de los treinta cumpleaños.
Finalmente, el programa general reunió compañías cubanas e internacionales, talleres de diversos géneros –danza contemporánea, folklore, tango, flamenco, danzón, biodanza, improvisación y accionismo-, junto a conciertos, presentaciones de publicaciones, fórums temáticos, encuentro con artistas, etc. Por su parte, el “Festival Internacional de Videodanza DVDanza Habana, Movimiento y Ciudad”, tejió una exquisita agenda de presentaciones en vivo, en redes sociales y trueques de materiales audiovisuales. El aporte siempre oportuno de nuevas miradas alrededor de los modos creacionales, productivos y de circulación de “tecnologías danzantes”, muestran variedad de formas, matices y hace que nos encontremos en escenarios virtuales, y físicos, colmados de ganas por descubrir cosas nuevas.
Treinta años después de su primera edición, el Habana Vieja Ciudad en Movimiento, lejos de presumir agonía o certificación de logros, se re-enuncia con hechura abierta y renovada hacia lo desconocido, hacia la convergencia franca y propositiva que une patrimonio y danza, memoria y presente, tradición y experimentación. Cada paso es memoria, cada gesto celebración colectiva y cada movimiento un eco coral que enlaza a Cuba en su unidad con el mundo.






Aquí, seguirá siendo el cuerpo danzante y sus espacios de presentación, la reafirmación y reconquista de nuevas formulaciones expresivas, más allá de cualquier especificidad puntual, expandir los alcances de las interacciones sociales que la danza es capaz de fraguar en comunidad, construyen otros mapeos inscritos en un escenario local y total que nos abraza y consocia. Habitar el espacio en polifonía de formas, maneras, géneros, tendencias y antojos, con y sin los habituales códigos corporales y sociales generados por la disciplina académica de la danza, las dinámicas creativas y de comportamiento generadas desde ella y fuera de sí. ¿Qué lugar ocupa el saber corporal de bailarinas y bailarines, de bailadoras y bailadores, de una comunidad que domina cuánto puede la tradición para ir, venir del fondo al centro? Para presentarse y devolverse de este a sus vórtices, de adentro hacia afuera (y viceversa), en disfrute y conocimiento del placer corporal emergido de un gesto, un ademán, un movimiento, luego en la infinidad de cambios de su posición y espacio-tiempo danzario tradicional y contemporáneo.
Y es que, al paso de treinta años de uno de los encuentros de mayor impacto y promoción del quehacer de la danza en Cuba, de un espacio que jamás ha dejado de ser dispositivo de/en construcción, asociación, promoción y ensamble de prácticas corporales y coreográficas (folklóricas, balletísticas, contemporáneas, populares, tradicionales, urbanas, etc.), sus escenarios hoy por hoy, invitan a apropiarse de la experiencia para resignificar su habitus, desentrañando, renombrando, creciendo, para y solo sí, re-escribir nuevos caminos. A condición de que esa nueva escritura se vuelva transformación visual y bailante poética, imaginal y popular danzar propio para habitar los espacios de una ciudad que, tras el feliz tributo y resonancia ciudadana de su Festival, nos asegura que la memoria ha de convertirse en un saco gigante.
Saco, reservorio, acumulación para archivar en él tantos hermosos recuerdos vivos y tangibles, esos que perviven en nuestro repaso del tiempo andado, que se vuelven retenidas imágenes, sonidos y distintivos modos danzantes de quienes han compartido a través del tiempo. Pero también, de quienes hoy, contra lluvias y privaciones, a fuerza de resistencia, dolor, crisis y múltiples gozos, mantienen sus brazos abiertos para noveles bienvenidas.




